Pan con bistec contra la nostalgia

Yo no soy la típica egresada de la Lenin. Para ser sincera, ni siquiera “egresé” porque terminé emigrando al otro lado del charco una vez que se acabó el 11 grado. Siempre considero que La Noche Interminable de la Graduación 32 fue mi “noche terminable”, porque aunque logré escudriñarme con el resto de los estudiantes del 12 grado de esa celebración (con las horas contadas, porque a las medianoche ya estaba en mi litera, como “concientona” que fui siempre. Que soy aún), fue donde yo celebré, a mi manera, mi paso por una escuela que me dejó muchas alegrías, pero también muchas lágrimas.

Esto no quiere decir que no me considere como una más en el mar azul de uniformes con monograma rojo. Ahí encontré amigos de los de toda la vida, ahí aprendí de mi amor por escribir, ahí me enamoré por primera vez, ahí pasé más de 10 apuros. Para mí la Lenin fue una odisea donde me tocó no solo aprender que no me gustan las ciencias, sino también aprendí que todo sacrificio deja siempre su recompensa. Tengo el Facebook lleno de muchachas y muchachos que, como yo, conservan esos años como los tres mejores, o casi mejores de sus vidas.

En otros muchos escritos he hablado orgullosa de mi paso por la Lenin, como los que allí vivimos, la conocemos cariñosamente. Algunos de mis amigos que no estudiaron en la escuela me dicen: “Allá va de nuevo con la Lenin”, como si fuese de lo único que me interesa hablar. A veces, es de lo único que me dan ganas de escribir.

El año pasado los medios de noticia hicieron eco de lo que ha sido un secreto a voces por años: la escuela está en tan mal estado, que van a dedicar otras unidades a otras instituciones y actividades que nada tienen que ver con la formación de los futuros profesionales del país. En una época donde el mundo promueve las carreras “S.T.E.M.” (Por sus siglas en inglés, dícese de carreras en Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemática), Cuba reduce el alumnado de una cantera que ha sido vital en la formación de muchos profesionales en dichas ramas, tanto mujeres como hombres. Pero bueno, no pretendo hablar de eso ahora. Este es mi humilde homenaje a la Leslie de aquellos años, que aunque distinta a la de ahora, lleva a aquella niña de 16 años como bandera de quién es.

La Lenin me llegó como una sorpresa a mi vida. Estudié en los repasos de Español y de Historia para entrar. Increíblemente, Matemática, que ya me disgustaba desde entonces, no estudié. Mi maestra Laura, que era mi maestra guía en la secundaria, y enseñaba Física, se tomó el tiempo de repasarme un poquito con cosas básicas de los requisitos para poder sacar una nota lo suficientemente buena para entrar. En todo el municipio de 10 de Octubre, logré ocupar el 25 en el escalafón. Luego de que se publicaron los resultados, fue cuestión de esperar al día de la orientación.

Luego vinieron las BET, limpiando la escuela de los desastres que dejaban a su paso los pacientes de la Misión Milagro, y que todos los que participamos hicimos felices porque por primera vez estábamos en aquel lugar al que tanto trabajo nos costó llegar.

Llegar en la guagua pequeñita, llena de maletines en el medio del pasillo, con los varones sentados encima de las muchachas porque no había suficientes asientos para todos. Mi maletín embarrado de azúcar que se hizo melcocha con la lluvia y la embarrazón del fango del punto de recogida en La Virgen del Camino. Llegar y acomodarnos en el Pasillo Central, esperando a que los profesores nos asignaran en diferentes grupos y albergues era el segundo paso. Después de eso, vino encontrar los caminos más rápidos para llegar al comedor. La pena eterna de doblar donde no había salida, por indicación de unos jodedores de la Unidad 6 que jugaban hándbol en el medio del pasillo que iba hacia el comedor; encontrar las llaves del Anfiteatro Natural y limpiar las telarañas del alero; la primera inspección de la cuartelería que todos y nadie querían hacer (no es por nada, pero esos baños cuando escaseaba el agua, eran metralla viva).

En 10mo llegó la primera prueba de Química con menos de 85 puntos, luego de Física, y por último Matemática. No me da pena admitir que las ciencias no se me dan nada bien. Pasé 10mo grado por un pelo milagroso. Eso, sumado con que fuimos transferidos a Ciudad Libertad por el período tortuoso de tres meses mientras hacían reparaciones en la escuela, fue todo un mérito personal. Esos, sin duda alguna, han sido los tres peores meses de toda mi vida… Lo dice alguien que ha pasado el Niágara en bicicleta en otros momentos, pero ninguno tan difícil como aquellos.

En Ciudad Libertad no había agua ni para bañarnos, ni para descargar los inodoros. El comedor nos quedaba a la cómoda distancia de 3 a 4 cuadras. Había estudiantes de otras escuelas que se hacían los guapos, buscando problemas con nosotros por aquello del “cría fama, y acuéstate a dormir”. Recuerdo el último día de 10mo grado como el final de una de esas películas del oeste, donde una guagua Girón nos llevaba lejos, muy lejos del lugar de los hechos, para no regresar jamás.

Onceno fue mi prueba de fuego. Ahí me consagré con algunas de las características que aún conservo al día de hoy: amo dormir, soy vaga, pero me gusta mandar, me gustan las reglas (para algo existen, digo yo), me encanta llegar extremadamente puntual a los lugares (numerito que me ganó el nombrete de “Hermes, el mensajero de los Dioses” por ser la primera en salir del cubículo todas las mañanas). Cuando había recre, era de las primeras en llegar y de las últimas en irme. Aprendí que una jaba de tostadas con fanguito y mayonesa es de las cosas más apetitosas del mundo cuando se tiene hambre, y que no tiene fecha de expiración con la temperatura de una taquilla. Aprendí a usar la misma blusa del uniforme, lavándola todos los días en el lavadero al fondo del baño, y sacudiéndola hasta que se secaba estiradita. Entendí que no hay tierra colora’ más potente que la del Anfiteatro Natural, y que cuando se acababan los conciertos y recreaciones en aquel patio delantero gigantesco, los mocos te salían rojos del churre si te soplabas la nariz. Escuché todos los nombretes, unos más ridículos y graciosos que otros para Marcelino, Roberto Paz, Bucarito (de quien no recuerdo el nombre actual en este momento, pero que por sus finas maneras, comparábamos con un búcaro de flores, y a quien también en secreto llamábamos Popol Vuh), y el More, muy famoso como el Chevy con las puertas abiertas por sus protuberantes orejas. Nunca olvidaré a Molina, con su acento ruso, ni al Führer, aquel viejito flaco que enseñaba matemática, con sus cuentos exagerados de andar tirando a los estudiantes por el balcón para luego recogerlos antes de que tocaran el primer piso del docente (cualquiera que esté leyendo esto, se debe de preguntar en qué clase de escuela yo estudiaba…)

Nunca me olvidaré del yogurt de soya con gaceñiga en las noches, ni de la final de mundial de pelota de Cuba contra Japón donde todos salimos corriendo de la Unidad 3 a la 1 gritando “CUBA, CUBA, CUBA” con todo el orgullo que no nos cabía en el pecho (no hubo profesor que nos contuviese aquella noche). No puedo ignorar el aquello de que jamás fui al Bosque de la Amistad por los mismos motivos que mis compañeros, ni que solamente subí al Tanque de Clavados una vez durante la limpieza de la unidad, para bajarme enseguida porque me mareé con la altura. Recuerdo con lujo de detalles cómo siempre me quedé con las ganas de ser más atrevida, de escaparme del albergue luego de que se apagaban las luces, de decirle al profesor de guardia que iba al hospitalito de la 1 para luego desviarme al albergue de los varones, o pegarme una borrachera durante una de las guardias de fin de semana.

Tampoco fui monja, para que ni piensen que me van a hacer un altar: me perdí el primer noticiero del 11 grado por andar tocando guitarra con mis amigos de la Unidad 1 en el pasillo central. Mi maestra de matemáticas por poco se desmaya cuando encontró a mi novio de entonces conversando conmigo en la sala de estar de mi albergue a las 11 de la noche (¡OJO! Solo conversando… Los dos pensábamos que aquello era motivo de expulsión. Después del susto, lloré de la risa… Pero más nunca lo volví a hacer) Mejor no entro en detalles que me puedan meter en problemas, pero sólo les voy a decir que a la Lenin yo la viví a mi manera, y que a pesar de que luego del 11 grado me llegó el bombo y salí de Cuba, me pertenece tanto como a los que pasaron seis años recorriendo aquellos pasillos, albergues y laboratorios con olor a formol, cuando la escuela era todavía secundaria y pre.

Hoy estoy lejos, muy lejos. Nada es como lo dejé. Hoy es un día que todos los que nos vestimos de azul celebramos sin importar geografías ni malos ratos. Sin embargo, no me puedo tragar la nostalgia de un tirón. Hay amigos que quedaron en el camino, hay recuerdos que la memoria ha modificado para que luzcan más lindos, hay momentos que no viví y que siempre ando inventando con los recuerdos de otros que me han ido contando por el camino (esa famosa “Fiesta del Agua” no se me quita de la mente cuando de inventar se trata…), el novio del pre que no fue el de la universidad.

Mi escrito hoy es solo el homenaje humilde de esta puchi concientona, que usaba la saya con el tachón arrancado, a la cadera, y las medias checas que no había forma de mantener hasta las rodillas (porque “checa’en solas”). Es mi homenaje a las noches culturales en el cubículo con La Guacha, Edesio Alejandro, Elito Revé, Naza, Hatuey, Litro ‘e Leche, y cuanto sobrenombre se nos ocurriera a las muchachas del grupo 9 de la Unidad 3 de mi cubículo en el albergue G-2. Este es mi homenaje a ustedes, los que me leen, porque sin aquellos años, esta Leslie no tendría el valor ni la astucia de contar un pasado que importó y que cuando menos, la añoranza nos alborota sin remedio cada 31 de enero.

A todos ustedes, les mando este “pan con bistec” contra las nostalgias.

Lola ©

Atlanta, 31 de enero del 2018

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9 comentarios en “Pan con bistec contra la nostalgia

  1. Muchas gracias por este escrito, yo tambien fui de la Lenin y me has hecho revivir cosas que ya habia olvidado, mi vida alla se siente como otra persona, otra vida, hace ya 20 años que me gradue, gracias de nuevo

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    1. Hola femesign! Gracias a ti por leerlo! La Lenin la llevamos siempre en el corazón. Me alegro que te hayas sentido identificad@ con mi publicación! Abrazos

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  2. En mi opinión de informático el sitio está de cartón,jajajajja.Pero la intención es lo que vale.Muy bonito el artículo,buen resumen de los 3(2 ent u caso) años en La Lenin.Mi época fue posterior a la tuya y ahi ya el Fuhrer había descubierto el tapón del fondo del mar,ajjajajajja

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  3. Muy buen artículo Lesly, todos los que somos de ese gran CHARANGÓN DE MARCELINO te lo agradecemos. Yo era del grupo 14 de esa unida (para las cosas malas) unidad 3.

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  4. muchisimas gracias por tu excelente relato de tantas cosas vividas en la escuela, yo tambien estudie alli, cuandos e entraba desde 7mo grado, imagina cuanto no habre pasado, alegrias, tristezas, el primer amor, muchas amistades, en fin, yo me gradue en el 1984, 10 aniversario, años mas tarde, 31 para ser exactos en la 41, se graduo mi hijo, que comparte conmigo ese amor inmenso y la nostalgia tan grande que tenmos a esa gran escuela

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  5. Ay como me has hecho recordar cosas. Me gradué en el ‘95 y todavía digo que esos fueron los tres mejores años de mi vida en cierta forma. Antes soñaba muy a menudo que regresaba. Es increíble como esas experiencias me marcaron y no las cambio por nada. Gracias por este homenaje y prender la lucecita que a lo mejor estaba un poco apagada

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  6. Less sin dudas fue una etapa muy importante de nuestras vidas, al menos para mí lo fue, de hecho fue mi mejor etapa de estudiante. Cada vez que veo fotos o tan solo me pongo a recordar me da una nostalgia inmensa…Cuánto diera por regresar aunque fuese por una semana, jaja. Gracias por este bello artículo marcado de tantos recuerdos!!!

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