Costumbres

A todo uno se acostumbra en esta vida:

A los días sin sol,

A la ausencia de besos,

Al calor indomable del verano,

A los sueños imposibles,

A la rutina que ahoga,

Al tiempo que pasa en vano,

A las noches sin sus brazos,

A la traición del amor eterno, que no lo era.

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De acostumbrarme, me acostumbre a que te perdí,

y quizás te encontré en otros ojos, en otras vidas, en otro tiempo.

Y me quedé sin esperar, por la maldita costumbre de callar.

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Uno se acostumbra a tanto y a todo, y a nada.

Por acostumbrarnos, lo hacemos hasta a perder,

y a luchar, y a volver al campo de batalla

sin sacudirnos el polvo del camino.

Al final de todo, cuando queda el vacío,

y solo me escucho en medio de tanto silencio,

creo que también (aunque no lo admita)

 no se me quita la mala costumbre de seguirte esperando.

 

Lola ©

Atlanta, 22 de junio del 2017

… ¿Y si regreso?

Cuando no tienes nada que decir, te acostumbras a callar. Hace casi exactamente un mes regresé de Cuba. La sentí lejana: esa fue mi primera sensación. Cuba me sigue doliendo en los huesos que ya no caminan sus calles, en los ojos que ya no ven sus fachadas tristes y borrosas, en esta nariz que ya no huele sus esquinas indelebles y su mar de Malecón y Morro. Yo he cambiado. Quizás demasiado. Ya yo no soy la misma yo. La última vez que fui a Cuba, tenía 23 años y soñaba con utopías y un futuro que se hizo imposible. Cuba era mi sinónimo de familia y de inventar. “Vivir del invento” es un producto interno bruto en la isla, y yo lo llevo como bandera a donde quiera que voy. Esa vez fui feliz. Quizás demasiado y en muy poco tiempo.

Luego regresé y la vida me llamó a capítulo. Trabajé fuerte, tuve sueños más realistas. Me enamoré del hombre con el que no había soñado jamás, pero con el que no paro de enamorarme y soñar cada día de mi vida. Me mudé a otra ciudad, a otro estado, a otro mundo. Descubrí que no soy buena escribiendo, y que si soy feliz, dejo de hacerlo porque nosotros los escritores novatos necesitamos del drama y la aflicción para seguir haciéndolo. Adopté dos perritas y descubrí que las mascotas te ablandan el corazón y los sentidos. Me casé y compré una casa en el medio de un bosque… Y aquí estoy, cinco años después con un blog y medio, a cuatro años de haberme mudado de vida, con dos años sin escribir. Cero ganas. Me siento plena, y soy feliz. Aunque a veces me pregunto: ¿y si regreso a lo que fue alguna vez? ¿ Y si la vida me permite un instante donde logre regalarle a alguien a través de mis escritos el cocimiento de sentimientos que llevo dentro?

 

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Creo que llevo tanto tiempo sin decir nada que las palabras me han estallado por dentro. Por eso me voy. Algún día volveré. No lo duden.

Atlanta, 16 de junio del 2017

Lola ©

La eterna insalubridad de los miércoles me saca del paso. La cuestión es que los miércoles no me baño… Y todo tiene un porqué, ¿sabe? Después de todo, no es mi culpa que el agua entre al edificio sólo los lunes y los viernes.


Tengo que racionar, que el cubito me debe alcanzar para toda la semana. Es un cubo bastante grande, que me da para resolver un par de veces.
Pero si me entra dolor de barriga, ahí mismo me chivé. No es la primera vez que paso un susto en estas circunstancias.
La vez que vino mi hermana Felicia, la del Interior, nos tocó pedirle prestado un cubito de esos de playa a la vecina de al lado. Ella no estaba muy contenta con la idea, pero se compadeció de que mi hermana era una guajira en la ciudad, y si algo tienen los guajiros es que son limpios a morir. Una enjuagada a la semana no les hace justicia. Felicia regresó a su provincia convencida de que los citadinos somos todos una partí’a de cochinos. Y yo volví a la eterna guerra de sobrevivir con un cubo de agua a la semana.
La cosa es que he intentado hablar con la presidenta del comité, y explicarle que no tengo ni ladrón de agua, que vendría siendo como un motorcito potente que hale el preciado líquido hasta el cuarto piso donde vivo, ni tampoco cuento con un salario de gerente… Bastante hago con vender lo que me sobra de la cuota mensual de la bodega, y aún así, sólo me da para cubrir casos de emergencia… ¡Ni mucho menos tengo parientes en el extranjero!
Aquí en mi casa todos nacimos cubano, y nos moriremos extremadamente cubanos… Pero la compañera com… Com… -¡Eso mismo!- no entiende, que con un escaso cubo de agua no me alcanza para toda la santa semana.
La última vez que fui a quejarme, me dijo que me comprara otro cubo… Y lo que me dio ganas fue de meterle el único que tengo por su cabeza llena de rolos.
Pero luego pensé, y me dije a mí mismo: ¡Orlando, dale con calma, que después no tienes con qué bañarte los martes y jueves!
En fin, que me quedé sin plumas y cacareando. Tuve que regresar, llenar cuanto vaso, copa, y hasta plato hondo encontré en la casa con agua, y esperar a la eterna sequía de la próxima semana.
Por suerte, hoy es domingo, y mañana me toca bañarme. Ya veremos cómo resuelvo después.
Eso es, si la eterna insalubridad de los miércoles me deja llegar al viernes.

Leslie Urdanivia-Rodriguez ®
Atlanta, 3 de julio del 2013

Diam

Se me secaron las palabras dentro.Como el multitudinario alarido 

De la bruma y el tiempo.

Como los soles de diciembre 

Que lloran por salir, 

o las rosas y los perros callejeros. 
Mis manos se quedaron mudas,

Se olvidaron de explotar en el silencio.

Y yo siento la pereza contenida de meses, de siglos ansiosos, de gloria perdida y sueños mustios

Regurgitar en las entrañas de gritos sin letras en el papel, o guiños de café.

  
Mis manos, compañeras leales de batallas infinitas, 

Mis piernas breves para correr al vacío, 

Mis senos tercos que sucumben al frío. 

Escribo por vanidad de callar al mundo con palabras. 

No me canso. Respiro. 
Leslie Urdanivia-Rodríguez ®
Atlanta

7 de septiembre del 2015

Imagen de Pavel Guzenko

Sobran los motivos

La vida sigue pasando, como pasan los instantes y uno apenas se da cuenta. Como mismo se nos van escurriendo los amaneceres entre los dedos. Como quien no lo quiere, como quien no puede detenerse ante el abismo de ser la misma persona cada día.
La vida pasa. Hoy es 30 de diciembre, el día que nació mi madre.
Mi madre, que está lejos y a quien le debo un beso y un “te amo”. Casi se me olvida, y no puedo abrazarla. Casi. Lo hago en la distancia, sin que ella lo sepa.
Hoy quiero regresar a las palabras, empujarme a ese lugar recóndito que sólo yo conozco. Hoy quiero zafarme de prejuicios, amarme por quien soy, y aceptarme como una mujer que vive para escribir, y no lo contrario.
Hoy deseo salir de este mutismo espiritual que ni siquiera yo comprendo, y respirar palabras.
Ha sido un año hermoso y silente. Me he permitido llorar y reír con la misma facilidad. Me he tragado instantes amargos y otros más dulces con la persistencia de una hormiga. Quisiera decir que soy la misma, pero la vida te hace más fuerte. Ser fuerte es bueno, pero peligroso. La gente te cree débil y se aprovecha. Te llaman cuando se acuerdan, o cuando necesitan. A quien realmente le importas siempre te recuerda. Te busca, te persigue, te acosa con palabras que te alegran el día.

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He aprendido a lidiar con excusas, con “hoy no pude, pero la próxima vez será”, con “te quiero mucho para siempre”, cuando solo es un “te quiero” de mentiritas que dura un segundo. Hoy quiero decir que soy un poco más feliz por ser quien soy, por no aguantar lo que no deseo en mi vida, por ganarme honradamente todo lo que poseo.
Sacando cuentas, ya pronto harán dos años que sembré raíces en esta ciudad austera. Los que están, me acompañan desde ese rincón donde guardo lo sagrado. Los que no, han decidido marcharse por voluntad propia.

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Amo sin reglas, porque sí, porque me da mi bendita gana.
Este año cuento: un esposo que me ama y me desea por encima de malacrianzas y aversiones culinarias, una casa enorme que puedo llamar mi hogar, mi madre que siempre espera mi llamada despierta en la madrugada, mis hermanas (de sangre y de adopción que no importa dónde estén, nos mantenemos en contacto), mis sobrinas Jojo, Luna y Daymi y mis sobrinos Mayki y Matthew, otro bebé por parte de hermana que viene en camino, mi familia toda, desde el pí al pa’, la esperanza de abrazar a los míos, los primos que se casaron después de haber pasado una Odisea, los 15 de mi enana Laurita, los amigos y amigas que no necesitan un reloj para darme un pedacito de su espacio (sí, Michelle, tú misma, que sé leerás esto), el tiempo de gozo junto a mi loquilla Lily, la satisfacción de graduarme en un mes, la comida de mi suegra (y su compañía!), haber hablado con mi padre el 24, tener un trabajo que me gusta, y saber que sin importar qué tan duro, crudo o fugaz sea el 2015, ¡estoy lista para lo que venga! Mi historia aún se está escribiendo…

Leslie Urdanivia ©
Atlanta, 30 de diciembre del 2014

-Último lunes del año!

El tema del día

Me amarro las manos, pues no quiero entrar en el circo que se ha formado en menos de 24 horas, pero siento unas ganas inmensas de escribir, y cuando esos escasos momentos suceden, no puedo darme el lujo de callar. No quiero… No debo.
Hoy ha sido un día histórico, han dicho en todas las emisoras de noticias, y en las páginas sociales de Facebook, Twitter, e Instagram. La gente se ha botado, en buen cubano, a discutir el tema del día. Y resulta que todos los ojos en el mundo se han despegado de los estudiantes desaparecidos en México, del Premio Nobel de la Paz recibido por Malala, y de la decisión de Sony de no reproducir la película “La entrevista”, por recientes amenazas terroristas del gobierno de Corea del Norte (en mi opinión, más que una amenaza, ya esto es un atentado a la libertad de expresión de esta nación), para centrarse en ese punto pequeñito del mapa de donde vengo yo. Hoy todos los ojos, buenos, malos, y hasta políticamente viscos se han centrado en mi país, y en la decisión del presidente Obama de restablecer las relaciones diplomáticas con el gobierno de la Habana. Las declaraciones reproducen discursos que afirman que el bloqueo económico de más de 50 años que lleva Cuba va a desaparecer pronto, que el ciudadano americano Alan Gross fue intercambiado como un saco de papas por los tres espías cubanos, que antes eran 5, que llevaban prisioneros desde que tengo memoria, y por los que nos hicieron marchar hasta el cansancio cuando aún vivía en Cuba, y que el millón de preguntas que todos tenemos en la cabeza en este instante no tendrá respuesta hasta Dios sabe cuándo.

Personalmente, no sé cómo sentirme. Aún no decido si debería estar feliz o preocupada. Por una parte, pienso en mi familia completa que aún está del otro lado del Estrecho. No sé cómo todo esto nos va a afectar, y me preocupo sin remedio. Por ellos, soy capaz de amar o de odiar a quien haga falta. Soy incluso capaz de apoyar o protestar la ley que sea y alzar mi voz. Me importa un pepino lo que otros piensen de mi opinión.
Desde pequeña, el gobierno de mi país me adoctrinó para creer que el Bloqueo de los Estados Unidos a Cuba era el culpable de todos nuestros males. Que a los niños debían de quitarnos la leche a los 7 años por culpa del Imperialismo asesino que nos limitaba de alimentos y posibilidades. Que las escuelas no tenían materiales para el aprendizaje, y que los hospitales estaban en deplorables condiciones por culpa del gobierno americano que nos tenía atrapados en un ciclo vicioso donde muy pocos países se atrevían a negociar con nosotros. Aún así, nos seguían llegando algunos paquetico de la familia del Norte. Unas ropitas por aquí, un dinerito por allá, para ir resolviendo, para ir sobreviviendo. Migajas por las que siempre estaré agradecida, porque por muy pocas que fueran, resolvieron muchos problemas un millón de veces. Aún así, veía a mis compañeros de escuela con madres y padres pudientes, de buena posición dentro del gobierno, o con padres que podían viajar o “vivir del invento” llevar cosas a la escuela que yo sabía que mi pobre familia, ni en el mejor de los casos, me podría brindar jamás. Zapatos de marca, maquillajes caros (maquillaje en la Cuba de mi época???), comidas de las que nunca había escuchado, solo en películas.
Entonces, ¿dónde estaba ese Bloqueo para aquellas personas? ¿Cómo yo no tenía y ellos sí? En mi escuela estudiaba la nieta del Ché… Y escuchaba los cuentos de cuando los hijos de Fidel también asistían al mismo Instituto. Apuesto a que ellos tenían leche a cualquier edad, en cualquier momento. Apuesto que, como mismo mi mamá se mataba en una cafetería particular durante 13 horas al día para conseguirnos un paquete de leche en polvo, habían muchos niños que ni siquiera podían aspirar a aquello, que en mis tiempos era prácticamente un lujo conseguir en moneda nacional. Para esos no había Bloqueo. Para los hijos de los dirigentes, de los segurosos, de los embajadores que salían y entraban cuando les daba la gana, el Bloqueo era-es- solo una excusa con la cual dormirle el oído y lavarle el cerebro a los otros pobres infelices.
Por eso, si Obama decidió hoy restaurar relaciones con el gobierno de mi país, una parte de mi corazón se siente feliz de que ya no habrán más excusas de que la escasez de Cuba se debe al gobierno americano. Me alegra de que la venda irremediable que le han plantado a mi pueblo en sus ojos hace más de 50 años poco a poco se vaya cayendo. Entiendo que una cosa no quita a la otra: Cuba sigue igualita.
Pero al menos ahora una puerta se abre, y yo estoy ansiosa por ver qué espera del otro lado.
A Cuba quieren liberarla muchos gritando improperios en el Versailles. Así no se libra una guerra. Con un cartelito y la barriga llena todo es muy fácil. Ojalá todos, montados en un avión, tuvieran los pantalones de pararse en el Malecón, sin carteles, como lo hacen los cubanos que no tienen papel de pancarta, ni marcadores que venden en Office Depot (…quizás pronto lo haya, con todos estos cambios que se avecinan.)
No creo que Obama haya tenido que restablecer las relaciones con los Castro para tal. Tampoco creo que los tres espías merecían regresar a Cuba. Las personas deben de pagar por sus crímenes, y la Corte Suprema de los Estados Unidos, la institución legal más alta de este gran país, probó que ellos tres son culpables. El “crimen” del señor Gross no se podrá comparar jamás con el de ésos, ni tampoco las vidas que arrebataron se podrán regresar.
Hoy no estoy segura de cómo me siento. Quiero lo mejor para mi país, y espero que todas estas medidas de embajadas y títeres políticos tome el curso adecuado para mi gente.
Le rezo al Viejo en su día, y espero que mañana, después de que me despierte, lo haga más segura de qué pensar.

Leslie ©
Atlanta, 17 de diciembre del 2014

Con la verdad

Alguna vez tuve un deseo: Quería ser famosa, con personajes pintorescos leyéndome desde cada esquina del mundo. Quería ser una autora leída, comentada, hasta odiada de ser necesario (creía fervientemente que el odio es amor podrido, amor que se queda dentro sin expresarse, como una vez me dijo mi mejor amiga), y yo soñaba con eso sin cansancio.
Hoy me avisa WordPress que llegué a la publicación número 100… Llevo dos años y medio dándole una voz a Lola, y desde aquel entonces a esta fecha de hoy, mis prioridades han cambiado.
Aún quiero ser leída, no me entiendan mal. Amo escribir casi tanto como amo a Juan (mi esposo adorado que me alborota los sentidos, cuando nada logra levantarme el ánimo). Hay cosas que me sostienen en la nada diaria donde vivo, y ya con eso, con mi “suficiente”, soy muy feliz.

Ahora soy una mujer casada, con un trabajo y la responsabilidad de pagar los servicios del mes. Tengo una perra traviesa que más que una perra es mi hijita malcriada. Ella me hace sentir los deseos prematuros de convertirme en madre, sin necesidad de serlo todavía (“…algún día”, nos repetimos Juan y yo para inyectarnos paciencia.)
El próximo lunes comienzo en un lugar nuevo a trabajar. Estoy emocionada, y nerviosa. Lo normal, supongo yo, que uno no empieza en un trabajo nuevo todos los días. Es en una compañía grande, importante, con muchas posibilidades de crecer. Eso me mantiene enfocada.
En dos meses me gradúo de la universidad… Estoy que ni me lo creo. Me impresiona saber que tengo disciplina suficiente para tomar clases a través del Internet, y aún así llegar a mi meta. Principalmente, porque mi meta más grande era todavía más pequeña que graduarme.
Es importante para mí entender que soy la misma persona, y que solo han cambiado mis circunstancias. Vivo enamorada, tengo lo que necesito, y realmente, no pediría lo que no merezco.
No escribo en pos de sonar poética y profunda. Creo que este es el escrito más real de todos los que alguna vez he subido al blog, y eso me enorgullece. No todo en la vida es verso. También hay que dejar espacio a las prosas delicadas y sutiles del día a día. Espero que haya gente allá afuera identificada. Antes, escribía molesta porque no era feliz. Hoy, escribo realista. Eso me hace sentir mejor y más capaz de lograr algo bueno…

Leslie Urdanivia ©
Atlanta, 29 de septiembre del 2014.

Buena Fe, malas lenguas

En este momento debería de estar haciendo algo más. He dejado la casa a medio limpiar, y no he hecho otra cosa que chequear Facebook, y la marea de comentarios me ha impuesto dejarlo todo a mitad de camino, soltar el trapeador en una esquina de la sala, y sentarme escribir. La verdad es que no me aguanto las ganas, y no hay otro lugar en el mundo en este momento donde quisiera estar más, que enfrente de mi computadora. Y eso es sin tomar en cuenta que mañana, casi a esta misma hora se estará celebrando en Miami el tan esperado y criticado concierto del grupo cubano Buena Fe. Y yo me encuentro lejos, muy lejos, y por primera vez desde que llegué a este país, no estaré ahí, casi en primera fila.

Es difícil escribir sin subjetivismos baratos, ni sin tomar una posición lógica en este tema. Creo que, y cito una de mis frases preferidas de la película Habana Blues, “las cosas se pueden decir más altas, pero no más claras.” Así que sin más preámbulos voy al núcleo del problema (o al menos mi gran problema, que no lo es en definitiva): ME ENCANTA BUENA FE.

Ya entonces podrán pensar que no seré imparcial, pero todo lo contrario, prometo que sólo hablaré de lo que sé, de mis experiencias como una muchacha cubana que emigró a los Estados Unidos a los 16 años, como tantos otros, y que sigue al grupo desde que prácticamente tiene memoria.

La razón de mi defensa es que Buena Fe marcó un antes y un después en mi vida. Quizás otras personas confundan mi gusto con fanatismo, pero la verdad y para ser sincera, apenas los escucho ya. Sólo los pongo cuando extraño mi país, cuando extraño la persona que una vez fui, y que la vida cambió tan bruscamente, para mejor, digo yo. Para sobrevivir, me dijo mi padre alguna vez.

Y es que, malo o bueno, para mí Buena Fe es eso: Cuba. La Cuba que dejé atrás. La Cuba donde está casi toda mi familia, a la que no veo hace años; la Cuba de mis amigos que me escriben sin cansancio preguntando cuándo voy; la Cuba donde viví, y me conozco como la palma de mi mano. La Cuba donde había marchas por el Primero de Mayo, y marchas por el regreso de aquel niño, y por el regreso de los 5 que ahora son 3, y por cualquier causa que les pasase por la cabeza a los dirigentes del país. La Cuba donde las circunstancias hacen a los que la viven, y a los que la sufren. Porque hay que vivir en la Cuba de ahora para entenderla, y hay que estar lejos para sufrirla y extrañarla. Ya el país no es lo que era hace casi 8 años cuando yo salí. Mucho, muchísimo menos, lo que era hace ya más de 50 años, cuando salieron otros. Así que no es cuestión de no entender las orillas. Me han tocado demasiado cerca esas dos aguas: la de aquí y la de allá, para no comprender.

Vivir en un país libre es eso: respetar, y opinar con voz propia, pero sin agredir. Agredir va en contra de la ley y los principios de esta gran nación que nos ha acogido. No vinimos 90 millas más al norte a repetir la historia. No somos gorilas cibernéticos con los cuales no se puede discutir civilizadamente. Somos simplemente como una familia de diferentes generaciones viviendo bajo un mismo techo, cada cual con sus quimeras, cada uno con sus achaques. Es por eso que me choca tanto odio, tanta diatriba contra alguien que defiende quién es y de dónde viene. El que no quiera Buena Fe, que no gaste dinero en un ticket, que no vaya al concierto y punto.

A Israel lo conozco en persona. No somos amigos cercanos, ni mantenemos comunicación. Sin embargo, hemos cruzado destino un par de veces, y admiro el hombre que es. Él no se esconde para decir lo que piensa. Para mí eso es admirable. A diferencia de otros, que sirvieron al gobierno cubano por tantos años, y participaron en cuanto evento, marcha, u oportuna situación Dios le puso en su camino, y que ahora que están aquí, se llenan la boca diciendo que Buena Fe (¿Mala Fe?, en algunos de los escritos con los que me he cruzado) no es harina del mismo costal del que ellos salieron.

Realmente no me vanaglorio en señalar a nadie. Como me dijo mi suegra hoy: “Cada cual hace de su vida un tambor, y yo toco el mío como quiera”. Quizás fue ese instante donde decidí sentarme a escribir. Quizás no necesitaba un motivo, porque me puede importar poco lo que digan otros sobre mi opinión, que es muy personal, y que nadie me ha pagado por decir (trabajo, y escribo por placer, así que no soy Comunista- ¡Ni aunque me paguen por ello!-como algunos pensarán por defender mi forma de expresión. No gano absolutamente nada con esto… Quizás algunos detractores).

Pero sí quiero dejar bien claro de que los apoyé desde el primer día, y los apoyo hoy que se enfrentan a tanta verborrea innecesaria (¡porque el concierto VA!), y mañana desde la distancia, porque me fue imposible llegar, no porque no quisiera estar.

A Buena Fe, y a los valientes que no se dejan manipular por el qué dirán de los medios de comunicación, y que estarán ahí, a teatro lleno o vacío, no importa en realidad: mi mayor agradecimiento por mantener viva la unidad de mi pueblo en el arte aunque sea, si es que en la política jamás lo lograremos. Y a los señores que estarán justo enfrente, con o sin aplanadoras (¡porque nunca alcanzan las maneras de ser un patriota!), suerte… ¡Aquí hay Buena Fe pa’ rato!

Leslie Urdanivia

Atlanta, 17 de septiembre del 2014

A mí

Total abandono. Así es como he dejado mi blog últimamente. Creo que he crecido lejos de mi piel en los últimos meses. Que me he separado de la que fui, sin tener en cuenta que la que seré no es la perfecta imagen de quién soy en el presente. O sea, puro arroz con mango, exactamente como yo en este momento.

Mudarme para Atlanta fue una decisión largamente deseada. Siempre quise tener el valor de recoger mis matules, montarme en un avión y alejarme de todo. Teniendo en cuenta que “todo”, me excluía a mí misma, pero al final resulté ser uno de los daños colaterales en ese letargo de arrancar raíces y volver a echarlas en otro punto de la geografía.

Parece que tanto bosque y tanta planta que me rodea me ha lavado el cerebro. Sin contar que el hecho de ocupar mi tiempo con la escuela, el trabajo, y la casa me lleva de la mano y corriendo.

No tengo un segundo para disfrutarme. Soy ajena a la lectura de los libros que siempre he amado, a pintar sobre un lienzo en blanco, esclava de no escribir cualquier bobería que me pase por la cabeza. Estoy encadenada al reloj, y esto me evita ser cien por ciento Lola, la escritora que vive en la luna.

Fue así que hoy, después de terminar un papelón de más de 700 palabras para la escuela en menos de una hora, decidí abrir mi página y visitarla como una más de todos esos lectores que se han cansado de abrir y no encontrar nada nuevo. Me di lástima al ver que la última publicación fue hace ya más de un mes. Que para colmo, la última entrada fue sobre soccer, un deporte que no practico, y que simplemente fue mi respuesta ante la fiebre mundialista de aquellos días.

Me he dado cuenta de que soy feliz. Tan feliz que mi vida se ha vuelto como un pomo gigantesco de miel de abejas, donde ha caído una mosca (yo), que nada y nada hacia la superficie, pero que se ve rodeada del dulzor del néctar y nunca logra llegar al borde del pote. En ese altercado edulcorante, siempre termino dejándome llevar, y gana la miel. El borde que tanto anhelo es la escritura libre y sin ataduras que siempre he publicado. La miel, mi vida tranquila, sin tormentas, toda dulce y relajada por la cual le agradezco a la vida cada día. No me estoy quejando, que conste. Tengo un hogar en armonía, un hombre perfectamente imperfecto a mi lado que ama a mis demonios tanto como a mis momentos de genialidad, y que yo en retorno, le entrego mi vida y todo lo que soy sin cuestionar el presente. Tengo una “hija adoptiva” de cuatro patas que es loquilla y feroz cuando ladra, pero simpática e inteligente como ella sola. Trabajo, estudio y mantengo un ciclo de vida que me da fuerzas para continuar…

Sin embargo, quiero más. Siempre querré más. No es humano eso de andarnos conformando con lo que tenemos en la mano. Y yo soy muy humana. Tan humana, que me aterra equivocarme por desear más de lo que ya poseo.

 

 

Leslie Urdanivia ©

Atlanta, Georgia

21 de agosto del 2014

 

Que no entiendo de soccer

Ya se lo había dicho un millón de veces: no entendía por qué veinte hombres corrían detrás de una pelota, pa’ arriba y pa’ abajo de un campo gigantesco. Ni por qué otros dos se quedaban vigilando para que no les anotara puntos el equipo contrario. O cómo les daban tarjetas amarillas, y rojas, y hasta verdes, si sacaban de quicio al árbitro, o si cometían una falta inexpugnable y artística (como esas de tirarse por el suelo, como si estuvieran delante de una cámara, o como si fueran bailarinas de ballet, con las piernas muy extendidas en el aire, a veces con dolor fingido, otras con la preocupación de perderse el resto del juego en el proceso).

Para mí, los únicos equipos que me interesaban eran Industriales, si se atrevía conmigo en el beisbol, y el de quidditch del equipo de Gryffindor, en Harry Potter. Así que mejor cambiaba de tema, porque más allá de eso, me parecía que hablaba en chino. 

Le fui clara: no sé quién es el Real Madrid, y no, tampoco le voy a Barca. No entiendo si te gusta Cristiano Ronaldo porque juega bien, o porque modeló para Armani. Tampoco sé lo que es una chilena, ni un sombrerito, a no ser que sea el que uno se coloca en la cabeza.

Durante tres años, le dije que yo era así, con mis aristas poéticas, y que admiraba el deporte, pero solo si me endulzaba el oído con un strike, una carrera, o hasta un homerun. Que no quería aprender de soccer, porque a veces aprender es quedarte en el mismo lugar, admirando la cotidianidad de un partido de fútbol. Aprender de soccer era aprenderme su vida, como el libro de cuentos que recitaba de pequeña. Y así, aprendiendo, uno se va despegando del día a día, de los sueños, de perseguir una meta más allá de colar la pelota en la portería.

La verdad es que me enredó, como sólo pueden enredarla a una las cosas simples de este mundo. Y en ese tiempo, donde no contaba con aprenderme nombres, ni jugadas, ni gritarle a la pantalla de un televisor, terminé creyéndome que era toda una fanática nata, y peor aún, que estaba enamorada de esa rutina perezosa que me duró tres inviernos.

Hace varias semanas comenzó el mundial. Hacen ya tres años de aquéllos tres años. Vivo lejos de la órbita que me impidió moverme por tanto tiempo, y soy feliz como nunca, o más bien, como siempre imaginé. Tal vez por coincidencias del destino, o casualidades de la vida, aún no he visto ni un solo juego… Y la verdad, no me molesta.

 

Leslie Urdanivia

Atlanta, 3 de julio del 2014