Pan con bistec contra la nostalgia

Yo no soy la típica egresada de la Lenin. Para ser sincera, ni siquiera “egresé” porque terminé emigrando al otro lado del charco una vez que se acabó el 11 grado. Siempre considero que La Noche Interminable de la Graduación 32 fue mi “noche terminable”, porque aunque logré escudriñarme con el resto de los estudiantes del 12 grado de esa celebración (con las horas contadas, porque a las medianoche ya estaba en mi litera, como “concientona” que fui siempre. Que soy aún), fue donde yo celebré, a mi manera, mi paso por una escuela que me dejó muchas alegrías, pero también muchas lágrimas.

Esto no quiere decir que no me considere como una más en el mar azul de uniformes con monograma rojo. Ahí encontré amigos de los de toda la vida, ahí aprendí de mi amor por escribir, ahí me enamoré por primera vez, ahí pasé más de 10 apuros. Para mí la Lenin fue una odisea donde me tocó no solo aprender que no me gustan las ciencias, sino también aprendí que todo sacrificio deja siempre su recompensa. Tengo el Facebook lleno de muchachas y muchachos que, como yo, conservan esos años como los tres mejores, o casi mejores de sus vidas.

En otros muchos escritos he hablado orgullosa de mi paso por la Lenin, como los que allí vivimos, la conocemos cariñosamente. Algunos de mis amigos que no estudiaron en la escuela me dicen: “Allá va de nuevo con la Lenin”, como si fuese de lo único que me interesa hablar. A veces, es de lo único que me dan ganas de escribir.

El año pasado los medios de noticia hicieron eco de lo que ha sido un secreto a voces por años: la escuela está en tan mal estado, que van a dedicar otras unidades a otras instituciones y actividades que nada tienen que ver con la formación de los futuros profesionales del país. En una época donde el mundo promueve las carreras “S.T.E.M.” (Por sus siglas en inglés, dícese de carreras en Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemática), Cuba reduce el alumnado de una cantera que ha sido vital en la formación de muchos profesionales en dichas ramas, tanto mujeres como hombres. Pero bueno, no pretendo hablar de eso ahora. Este es mi humilde homenaje a la Leslie de aquellos años, que aunque distinta a la de ahora, lleva a aquella niña de 16 años como bandera de quién es.

La Lenin me llegó como una sorpresa a mi vida. Estudié en los repasos de Español y de Historia para entrar. Increíblemente, Matemática, que ya me disgustaba desde entonces, no estudié. Mi maestra Laura, que era mi maestra guía en la secundaria, y enseñaba Física, se tomó el tiempo de repasarme un poquito con cosas básicas de los requisitos para poder sacar una nota lo suficientemente buena para entrar. En todo el municipio de 10 de Octubre, logré ocupar el 25 en el escalafón. Luego de que se publicaron los resultados, fue cuestión de esperar al día de la orientación.

Luego vinieron las BET, limpiando la escuela de los desastres que dejaban a su paso los pacientes de la Misión Milagro, y que todos los que participamos hicimos felices porque por primera vez estábamos en aquel lugar al que tanto trabajo nos costó llegar.

Llegar en la guagua pequeñita, llena de maletines en el medio del pasillo, con los varones sentados encima de las muchachas porque no había suficientes asientos para todos. Mi maletín embarrado de azúcar que se hizo melcocha con la lluvia y la embarrazón del fango del punto de recogida en La Virgen del Camino. Llegar y acomodarnos en el Pasillo Central, esperando a que los profesores nos asignaran en diferentes grupos y albergues era el segundo paso. Después de eso, vino encontrar los caminos más rápidos para llegar al comedor. La pena eterna de doblar donde no había salida, por indicación de unos jodedores de la Unidad 6 que jugaban hándbol en el medio del pasillo que iba hacia el comedor; encontrar las llaves del Anfiteatro Natural y limpiar las telarañas del alero; la primera inspección de la cuartelería que todos y nadie querían hacer (no es por nada, pero esos baños cuando escaseaba el agua, eran metralla viva).

En 10mo llegó la primera prueba de Química con menos de 85 puntos, luego de Física, y por último Matemática. No me da pena admitir que las ciencias no se me dan nada bien. Pasé 10mo grado por un pelo milagroso. Eso, sumado con que fuimos transferidos a Ciudad Libertad por el período tortuoso de tres meses mientras hacían reparaciones en la escuela, fue todo un mérito personal. Esos, sin duda alguna, han sido los tres peores meses de toda mi vida… Lo dice alguien que ha pasado el Niágara en bicicleta en otros momentos, pero ninguno tan difícil como aquellos.

En Ciudad Libertad no había agua ni para bañarnos, ni para descargar los inodoros. El comedor nos quedaba a la cómoda distancia de 3 a 4 cuadras. Había estudiantes de otras escuelas que se hacían los guapos, buscando problemas con nosotros por aquello del “cría fama, y acuéstate a dormir”. Recuerdo el último día de 10mo grado como el final de una de esas películas del oeste, donde una guagua Girón nos llevaba lejos, muy lejos del lugar de los hechos, para no regresar jamás.

Onceno fue mi prueba de fuego. Ahí me consagré con algunas de las características que aún conservo al día de hoy: amo dormir, soy vaga, pero me gusta mandar, me gustan las reglas (para algo existen, digo yo), me encanta llegar extremadamente puntual a los lugares (numerito que me ganó el nombrete de “Hermes, el mensajero de los Dioses” por ser la primera en salir del cubículo todas las mañanas). Cuando había recre, era de las primeras en llegar y de las últimas en irme. Aprendí que una jaba de tostadas con fanguito y mayonesa es de las cosas más apetitosas del mundo cuando se tiene hambre, y que no tiene fecha de expiración con la temperatura de una taquilla. Aprendí a usar la misma blusa del uniforme, lavándola todos los días en el lavadero al fondo del baño, y sacudiéndola hasta que se secaba estiradita. Entendí que no hay tierra colora’ más potente que la del Anfiteatro Natural, y que cuando se acababan los conciertos y recreaciones en aquel patio delantero gigantesco, los mocos te salían rojos del churre si te soplabas la nariz. Escuché todos los nombretes, unos más ridículos y graciosos que otros para Marcelino, Roberto Paz, Bucarito (de quien no recuerdo el nombre actual en este momento, pero que por sus finas maneras, comparábamos con un búcaro de flores, y a quien también en secreto llamábamos Popol Vuh), y el More, muy famoso como el Chevy con las puertas abiertas por sus protuberantes orejas. Nunca olvidaré a Molina, con su acento ruso, ni al Führer, aquel viejito flaco que enseñaba matemática, con sus cuentos exagerados de andar tirando a los estudiantes por el balcón para luego recogerlos antes de que tocaran el primer piso del docente (cualquiera que esté leyendo esto, se debe de preguntar en qué clase de escuela yo estudiaba…)

Nunca me olvidaré del yogurt de soya con gaceñiga en las noches, ni de la final de mundial de pelota de Cuba contra Japón donde todos salimos corriendo de la Unidad 3 a la 1 gritando “CUBA, CUBA, CUBA” con todo el orgullo que no nos cabía en el pecho (no hubo profesor que nos contuviese aquella noche). No puedo ignorar el aquello de que jamás fui al Bosque de la Amistad por los mismos motivos que mis compañeros, ni que solamente subí al Tanque de Clavados una vez durante la limpieza de la unidad, para bajarme enseguida porque me mareé con la altura. Recuerdo con lujo de detalles cómo siempre me quedé con las ganas de ser más atrevida, de escaparme del albergue luego de que se apagaban las luces, de decirle al profesor de guardia que iba al hospitalito de la 1 para luego desviarme al albergue de los varones, o pegarme una borrachera durante una de las guardias de fin de semana.

Tampoco fui monja, para que ni piensen que me van a hacer un altar: me perdí el primer noticiero del 11 grado por andar tocando guitarra con mis amigos de la Unidad 1 en el pasillo central. Mi maestra de matemáticas por poco se desmaya cuando encontró a mi novio de entonces conversando conmigo en la sala de estar de mi albergue a las 11 de la noche (¡OJO! Solo conversando… Los dos pensábamos que aquello era motivo de expulsión. Después del susto, lloré de la risa… Pero más nunca lo volví a hacer) Mejor no entro en detalles que me puedan meter en problemas, pero sólo les voy a decir que a la Lenin yo la viví a mi manera, y que a pesar de que luego del 11 grado me llegó el bombo y salí de Cuba, me pertenece tanto como a los que pasaron seis años recorriendo aquellos pasillos, albergues y laboratorios con olor a formol, cuando la escuela era todavía secundaria y pre.

Hoy estoy lejos, muy lejos. Nada es como lo dejé. Hoy es un día que todos los que nos vestimos de azul celebramos sin importar geografías ni malos ratos. Sin embargo, no me puedo tragar la nostalgia de un tirón. Hay amigos que quedaron en el camino, hay recuerdos que la memoria ha modificado para que luzcan más lindos, hay momentos que no viví y que siempre ando inventando con los recuerdos de otros que me han ido contando por el camino (esa famosa “Fiesta del Agua” no se me quita de la mente cuando de inventar se trata…), el novio del pre que no fue el de la universidad.

Mi escrito hoy es solo el homenaje humilde de esta puchi concientona, que usaba la saya con el tachón arrancado, a la cadera, y las medias checas que no había forma de mantener hasta las rodillas (porque “checa’en solas”). Es mi homenaje a las noches culturales en el cubículo con La Guacha, Edesio Alejandro, Elito Revé, Naza, Hatuey, Litro ‘e Leche, y cuanto sobrenombre se nos ocurriera a las muchachas del grupo 9 de la Unidad 3 de mi cubículo en el albergue G-2. Este es mi homenaje a ustedes, los que me leen, porque sin aquellos años, esta Leslie no tendría el valor ni la astucia de contar un pasado que importó y que cuando menos, la añoranza nos alborota sin remedio cada 31 de enero.

A todos ustedes, les mando este “pan con bistec” contra las nostalgias.

Lola ©

Atlanta, 31 de enero del 2018

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Preámbulo

Déjame enseñarte de dónde vengo,

Así bajito, despacio, sin apuros…

Déjame mostrarte mis calles desiertas

Y mis entrecalles llenas de recuerdos.

Es cierto: no soy la misma,

Porque soy totalmente tuya,

Porque sueño despierta

Y pinto pajaritos de colores

En cada esquina.

Pero esta orilla pobre y triste

Me parió sin desvelos,

Fue mi suelo por diecisiete años,

Por incontables inviernos,

Y sin embargo, aquí estamos.

De regreso, como en los cuentos

De nunca acabar.

Como en los epílogos de los libros

Que nunca leo.

Déjame enseñarte todo,

Cada rincón, cada escalera con sus besos.

Déjame que te cuente mi historia,

A través de mi Habana deshecha

Y un Malecón a lo lejos.

Lola ®

Atlanta

14 de octubre del 2013

Él

Antes de conocerlo, no recuerdo muy bien a qué dedicaba mi tiempo, ni cómo logré sobrevivir tantos años sin saber cómo existir. Pues resulta que antes de él, no veía series de esas que te pegan al televisor los domingos en la noche, y la posibilidad de enfermarme de Salmonela por probar el sazón del pollo crudo era algo como de cuentos de hadas, que jamás podría ocurrir en el mundo real. Después de todo, crecí en una isla de utopías donde cuesta tanto enfermarse de Salmonela, como comer pollo.

Antes de él, la vida era solo eso: la Vida. Y me levantaba todos los días religiosamente sin norte y sin idea de tener un motivo. No desayunaba antes de trabajar, no me importaba perderme la última película de Marvel, no sabía de podcasts ni de The Big Bang Theory (el show, ¿ah?).

Sin él, no tenía la más puta idea de que me gustaban los aviones, ni que eso de poner piezas de los Legos juntas fuera tan divertido. La vida antes de él no tenía recetas sacadas de libros, o medidas de cocinar (¿qué más me importaba si una barra de mantequilla era demasiado? ¿Quién inventó semejante bobería?), ni creía en el amor de todos los días, el que te hace de hierro sin perder la ternura de simplemente reírnos cuando nos miramos. Antes de él, sabía quiénes eran los Red Hot Chili Peppers, pero me importaba un pepino la buena música, o un buen vino. Me sabía igual el Cheddar al Gouda, qué más podré decir…

Y es que desde que lo conozco, no sé si todo es mejor, porque todo es como debe de ser, como al rompecabezas que finalmente le encuentras la pieza que se te cayó al piso un día, y que encontraste barriendo 20 y tantos años después (aunque suene a cliché). Con él sé que yo soy yo, que no existen reflejos ni máscaras, ni tristezas acumuladas. Él busca las razones, les echa agua y hace que broten girasoles de la nada. Yo, realmente no recuerdo cómo era todo antes de él, pero cada vez que veo sus ojos, o que me abraza, o que lo siento en las noches en mi cama, sé que no necesito saber nada, porque él es mi hogar.

Lola ©

Atlanta

25 de agosto del 2017

Costumbres

A todo uno se acostumbra en esta vida:

A los días sin sol,

A la ausencia de besos,

Al calor indomable del verano,

A los sueños imposibles,

A la rutina que ahoga,

Al tiempo que pasa en vano,

A las noches sin sus brazos,

A la traición del amor eterno, que no lo era.

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De acostumbrarme, me acostumbre a que te perdí,

y quizás te encontré en otros ojos, en otras vidas, en otro tiempo.

Y me quedé sin esperar, por la maldita costumbre de callar.

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Uno se acostumbra a tanto y a todo, y a nada.

Por acostumbrarnos, lo hacemos hasta a perder,

y a luchar, y a volver al campo de batalla

sin sacudirnos el polvo del camino.

Al final de todo, cuando queda el vacío,

y solo me escucho en medio de tanto silencio,

creo que también (aunque no lo admita)

 no se me quita la mala costumbre de seguirte esperando.

 

Lola ©

Atlanta, 22 de junio del 2017

… ¿Y si regreso?

Cuando no tienes nada que decir, te acostumbras a callar. Hace casi exactamente un mes regresé de Cuba. La sentí lejana: esa fue mi primera sensación. Cuba me sigue doliendo en los huesos que ya no caminan sus calles, en los ojos que ya no ven sus fachadas tristes y borrosas, en esta nariz que ya no huele sus esquinas indelebles y su mar de Malecón y Morro. Yo he cambiado. Quizás demasiado. Ya yo no soy la misma yo. La última vez que fui a Cuba, tenía 23 años y soñaba con utopías y un futuro que se hizo imposible. Cuba era mi sinónimo de familia y de inventar. “Vivir del invento” es un producto interno bruto en la isla, y yo lo llevo como bandera a donde quiera que voy. Esa vez fui feliz. Quizás demasiado y en muy poco tiempo.

Luego regresé y la vida me llamó a capítulo. Trabajé fuerte, tuve sueños más realistas. Me enamoré del hombre con el que no había soñado jamás, pero con el que no paro de enamorarme y soñar cada día de mi vida. Me mudé a otra ciudad, a otro estado, a otro mundo. Descubrí que no soy buena escribiendo, y que si soy feliz, dejo de hacerlo porque nosotros los escritores novatos necesitamos del drama y la aflicción para seguir haciéndolo. Adopté dos perritas y descubrí que las mascotas te ablandan el corazón y los sentidos. Me casé y compré una casa en el medio de un bosque… Y aquí estoy, cinco años después con un blog y medio, a cuatro años de haberme mudado de vida, con dos años sin escribir. Cero ganas. Me siento plena, y soy feliz. Aunque a veces me pregunto: ¿y si regreso a lo que fue alguna vez? ¿ Y si la vida me permite un instante donde logre regalarle a alguien a través de mis escritos el cocimiento de sentimientos que llevo dentro?

 

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Creo que llevo tanto tiempo sin decir nada que las palabras me han estallado por dentro. Por eso me voy. Algún día volveré. No lo duden.

Atlanta, 16 de junio del 2017

Lola ©

La eterna insalubridad de los miércoles me saca del paso. La cuestión es que los miércoles no me baño… Y todo tiene un porqué, ¿sabe? Después de todo, no es mi culpa que el agua entre al edificio sólo los lunes y los viernes.


Tengo que racionar, que el cubito me debe alcanzar para toda la semana. Es un cubo bastante grande, que me da para resolver un par de veces.
Pero si me entra dolor de barriga, ahí mismo me chivé. No es la primera vez que paso un susto en estas circunstancias.
La vez que vino mi hermana Felicia, la del Interior, nos tocó pedirle prestado un cubito de esos de playa a la vecina de al lado. Ella no estaba muy contenta con la idea, pero se compadeció de que mi hermana era una guajira en la ciudad, y si algo tienen los guajiros es que son limpios a morir. Una enjuagada a la semana no les hace justicia. Felicia regresó a su provincia convencida de que los citadinos somos todos una partí’a de cochinos. Y yo volví a la eterna guerra de sobrevivir con un cubo de agua a la semana.
La cosa es que he intentado hablar con la presidenta del comité, y explicarle que no tengo ni ladrón de agua, que vendría siendo como un motorcito potente que hale el preciado líquido hasta el cuarto piso donde vivo, ni tampoco cuento con un salario de gerente… Bastante hago con vender lo que me sobra de la cuota mensual de la bodega, y aún así, sólo me da para cubrir casos de emergencia… ¡Ni mucho menos tengo parientes en el extranjero!
Aquí en mi casa todos nacimos cubano, y nos moriremos extremadamente cubanos… Pero la compañera com… Com… -¡Eso mismo!- no entiende, que con un escaso cubo de agua no me alcanza para toda la santa semana.
La última vez que fui a quejarme, me dijo que me comprara otro cubo… Y lo que me dio ganas fue de meterle el único que tengo por su cabeza llena de rolos.
Pero luego pensé, y me dije a mí mismo: ¡Orlando, dale con calma, que después no tienes con qué bañarte los martes y jueves!
En fin, que me quedé sin plumas y cacareando. Tuve que regresar, llenar cuanto vaso, copa, y hasta plato hondo encontré en la casa con agua, y esperar a la eterna sequía de la próxima semana.
Por suerte, hoy es domingo, y mañana me toca bañarme. Ya veremos cómo resuelvo después.
Eso es, si la eterna insalubridad de los miércoles me deja llegar al viernes.

Leslie Urdanivia-Rodriguez ®
Atlanta, 3 de julio del 2013

Diam

Se me secaron las palabras dentro.Como el multitudinario alarido 

De la bruma y el tiempo.

Como los soles de diciembre 

Que lloran por salir, 

o las rosas y los perros callejeros. 
Mis manos se quedaron mudas,

Se olvidaron de explotar en el silencio.

Y yo siento la pereza contenida de meses, de siglos ansiosos, de gloria perdida y sueños mustios

Regurgitar en las entrañas de gritos sin letras en el papel, o guiños de café.

  
Mis manos, compañeras leales de batallas infinitas, 

Mis piernas breves para correr al vacío, 

Mis senos tercos que sucumben al frío. 

Escribo por vanidad de callar al mundo con palabras. 

No me canso. Respiro. 
Leslie Urdanivia-Rodríguez ®
Atlanta

7 de septiembre del 2015

Imagen de Pavel Guzenko

Sobran los motivos

La vida sigue pasando, como pasan los instantes y uno apenas se da cuenta. Como mismo se nos van escurriendo los amaneceres entre los dedos. Como quien no lo quiere, como quien no puede detenerse ante el abismo de ser la misma persona cada día.
La vida pasa. Hoy es 30 de diciembre, el día que nació mi madre.
Mi madre, que está lejos y a quien le debo un beso y un “te amo”. Casi se me olvida, y no puedo abrazarla. Casi. Lo hago en la distancia, sin que ella lo sepa.
Hoy quiero regresar a las palabras, empujarme a ese lugar recóndito que sólo yo conozco. Hoy quiero zafarme de prejuicios, amarme por quien soy, y aceptarme como una mujer que vive para escribir, y no lo contrario.
Hoy deseo salir de este mutismo espiritual que ni siquiera yo comprendo, y respirar palabras.
Ha sido un año hermoso y silente. Me he permitido llorar y reír con la misma facilidad. Me he tragado instantes amargos y otros más dulces con la persistencia de una hormiga. Quisiera decir que soy la misma, pero la vida te hace más fuerte. Ser fuerte es bueno, pero peligroso. La gente te cree débil y se aprovecha. Te llaman cuando se acuerdan, o cuando necesitan. A quien realmente le importas siempre te recuerda. Te busca, te persigue, te acosa con palabras que te alegran el día.

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He aprendido a lidiar con excusas, con “hoy no pude, pero la próxima vez será”, con “te quiero mucho para siempre”, cuando solo es un “te quiero” de mentiritas que dura un segundo. Hoy quiero decir que soy un poco más feliz por ser quien soy, por no aguantar lo que no deseo en mi vida, por ganarme honradamente todo lo que poseo.
Sacando cuentas, ya pronto harán dos años que sembré raíces en esta ciudad austera. Los que están, me acompañan desde ese rincón donde guardo lo sagrado. Los que no, han decidido marcharse por voluntad propia.

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Amo sin reglas, porque sí, porque me da mi bendita gana.
Este año cuento: un esposo que me ama y me desea por encima de malacrianzas y aversiones culinarias, una casa enorme que puedo llamar mi hogar, mi madre que siempre espera mi llamada despierta en la madrugada, mis hermanas (de sangre y de adopción que no importa dónde estén, nos mantenemos en contacto), mis sobrinas Jojo, Luna y Daymi y mis sobrinos Mayki y Matthew, otro bebé por parte de hermana que viene en camino, mi familia toda, desde el pí al pa’, la esperanza de abrazar a los míos, los primos que se casaron después de haber pasado una Odisea, los 15 de mi enana Laurita, los amigos y amigas que no necesitan un reloj para darme un pedacito de su espacio (sí, Michelle, tú misma, que sé leerás esto), el tiempo de gozo junto a mi loquilla Lily, la satisfacción de graduarme en un mes, la comida de mi suegra (y su compañía!), haber hablado con mi padre el 24, tener un trabajo que me gusta, y saber que sin importar qué tan duro, crudo o fugaz sea el 2015, ¡estoy lista para lo que venga! Mi historia aún se está escribiendo…

Leslie Urdanivia ©
Atlanta, 30 de diciembre del 2014

-Último lunes del año!

El tema del día

Me amarro las manos, pues no quiero entrar en el circo que se ha formado en menos de 24 horas, pero siento unas ganas inmensas de escribir, y cuando esos escasos momentos suceden, no puedo darme el lujo de callar. No quiero… No debo.
Hoy ha sido un día histórico, han dicho en todas las emisoras de noticias, y en las páginas sociales de Facebook, Twitter, e Instagram. La gente se ha botado, en buen cubano, a discutir el tema del día. Y resulta que todos los ojos en el mundo se han despegado de los estudiantes desaparecidos en México, del Premio Nobel de la Paz recibido por Malala, y de la decisión de Sony de no reproducir la película “La entrevista”, por recientes amenazas terroristas del gobierno de Corea del Norte (en mi opinión, más que una amenaza, ya esto es un atentado a la libertad de expresión de esta nación), para centrarse en ese punto pequeñito del mapa de donde vengo yo. Hoy todos los ojos, buenos, malos, y hasta políticamente viscos se han centrado en mi país, y en la decisión del presidente Obama de restablecer las relaciones diplomáticas con el gobierno de la Habana. Las declaraciones reproducen discursos que afirman que el bloqueo económico de más de 50 años que lleva Cuba va a desaparecer pronto, que el ciudadano americano Alan Gross fue intercambiado como un saco de papas por los tres espías cubanos, que antes eran 5, que llevaban prisioneros desde que tengo memoria, y por los que nos hicieron marchar hasta el cansancio cuando aún vivía en Cuba, y que el millón de preguntas que todos tenemos en la cabeza en este instante no tendrá respuesta hasta Dios sabe cuándo.

Personalmente, no sé cómo sentirme. Aún no decido si debería estar feliz o preocupada. Por una parte, pienso en mi familia completa que aún está del otro lado del Estrecho. No sé cómo todo esto nos va a afectar, y me preocupo sin remedio. Por ellos, soy capaz de amar o de odiar a quien haga falta. Soy incluso capaz de apoyar o protestar la ley que sea y alzar mi voz. Me importa un pepino lo que otros piensen de mi opinión.
Desde pequeña, el gobierno de mi país me adoctrinó para creer que el Bloqueo de los Estados Unidos a Cuba era el culpable de todos nuestros males. Que a los niños debían de quitarnos la leche a los 7 años por culpa del Imperialismo asesino que nos limitaba de alimentos y posibilidades. Que las escuelas no tenían materiales para el aprendizaje, y que los hospitales estaban en deplorables condiciones por culpa del gobierno americano que nos tenía atrapados en un ciclo vicioso donde muy pocos países se atrevían a negociar con nosotros. Aún así, nos seguían llegando algunos paquetico de la familia del Norte. Unas ropitas por aquí, un dinerito por allá, para ir resolviendo, para ir sobreviviendo. Migajas por las que siempre estaré agradecida, porque por muy pocas que fueran, resolvieron muchos problemas un millón de veces. Aún así, veía a mis compañeros de escuela con madres y padres pudientes, de buena posición dentro del gobierno, o con padres que podían viajar o “vivir del invento” llevar cosas a la escuela que yo sabía que mi pobre familia, ni en el mejor de los casos, me podría brindar jamás. Zapatos de marca, maquillajes caros (maquillaje en la Cuba de mi época???), comidas de las que nunca había escuchado, solo en películas.
Entonces, ¿dónde estaba ese Bloqueo para aquellas personas? ¿Cómo yo no tenía y ellos sí? En mi escuela estudiaba la nieta del Ché… Y escuchaba los cuentos de cuando los hijos de Fidel también asistían al mismo Instituto. Apuesto a que ellos tenían leche a cualquier edad, en cualquier momento. Apuesto que, como mismo mi mamá se mataba en una cafetería particular durante 13 horas al día para conseguirnos un paquete de leche en polvo, habían muchos niños que ni siquiera podían aspirar a aquello, que en mis tiempos era prácticamente un lujo conseguir en moneda nacional. Para esos no había Bloqueo. Para los hijos de los dirigentes, de los segurosos, de los embajadores que salían y entraban cuando les daba la gana, el Bloqueo era-es- solo una excusa con la cual dormirle el oído y lavarle el cerebro a los otros pobres infelices.
Por eso, si Obama decidió hoy restaurar relaciones con el gobierno de mi país, una parte de mi corazón se siente feliz de que ya no habrán más excusas de que la escasez de Cuba se debe al gobierno americano. Me alegra de que la venda irremediable que le han plantado a mi pueblo en sus ojos hace más de 50 años poco a poco se vaya cayendo. Entiendo que una cosa no quita a la otra: Cuba sigue igualita.
Pero al menos ahora una puerta se abre, y yo estoy ansiosa por ver qué espera del otro lado.
A Cuba quieren liberarla muchos gritando improperios en el Versailles. Así no se libra una guerra. Con un cartelito y la barriga llena todo es muy fácil. Ojalá todos, montados en un avión, tuvieran los pantalones de pararse en el Malecón, sin carteles, como lo hacen los cubanos que no tienen papel de pancarta, ni marcadores que venden en Office Depot (…quizás pronto lo haya, con todos estos cambios que se avecinan.)
No creo que Obama haya tenido que restablecer las relaciones con los Castro para tal. Tampoco creo que los tres espías merecían regresar a Cuba. Las personas deben de pagar por sus crímenes, y la Corte Suprema de los Estados Unidos, la institución legal más alta de este gran país, probó que ellos tres son culpables. El “crimen” del señor Gross no se podrá comparar jamás con el de ésos, ni tampoco las vidas que arrebataron se podrán regresar.
Hoy no estoy segura de cómo me siento. Quiero lo mejor para mi país, y espero que todas estas medidas de embajadas y títeres políticos tome el curso adecuado para mi gente.
Le rezo al Viejo en su día, y espero que mañana, después de que me despierte, lo haga más segura de qué pensar.

Leslie ©
Atlanta, 17 de diciembre del 2014

Con la verdad

Alguna vez tuve un deseo: Quería ser famosa, con personajes pintorescos leyéndome desde cada esquina del mundo. Quería ser una autora leída, comentada, hasta odiada de ser necesario (creía fervientemente que el odio es amor podrido, amor que se queda dentro sin expresarse, como una vez me dijo mi mejor amiga), y yo soñaba con eso sin cansancio.
Hoy me avisa WordPress que llegué a la publicación número 100… Llevo dos años y medio dándole una voz a Lola, y desde aquel entonces a esta fecha de hoy, mis prioridades han cambiado.
Aún quiero ser leída, no me entiendan mal. Amo escribir casi tanto como amo a Juan (mi esposo adorado que me alborota los sentidos, cuando nada logra levantarme el ánimo). Hay cosas que me sostienen en la nada diaria donde vivo, y ya con eso, con mi “suficiente”, soy muy feliz.

Ahora soy una mujer casada, con un trabajo y la responsabilidad de pagar los servicios del mes. Tengo una perra traviesa que más que una perra es mi hijita malcriada. Ella me hace sentir los deseos prematuros de convertirme en madre, sin necesidad de serlo todavía (“…algún día”, nos repetimos Juan y yo para inyectarnos paciencia.)
El próximo lunes comienzo en un lugar nuevo a trabajar. Estoy emocionada, y nerviosa. Lo normal, supongo yo, que uno no empieza en un trabajo nuevo todos los días. Es en una compañía grande, importante, con muchas posibilidades de crecer. Eso me mantiene enfocada.
En dos meses me gradúo de la universidad… Estoy que ni me lo creo. Me impresiona saber que tengo disciplina suficiente para tomar clases a través del Internet, y aún así llegar a mi meta. Principalmente, porque mi meta más grande era todavía más pequeña que graduarme.
Es importante para mí entender que soy la misma persona, y que solo han cambiado mis circunstancias. Vivo enamorada, tengo lo que necesito, y realmente, no pediría lo que no merezco.
No escribo en pos de sonar poética y profunda. Creo que este es el escrito más real de todos los que alguna vez he subido al blog, y eso me enorgullece. No todo en la vida es verso. También hay que dejar espacio a las prosas delicadas y sutiles del día a día. Espero que haya gente allá afuera identificada. Antes, escribía molesta porque no era feliz. Hoy, escribo realista. Eso me hace sentir mejor y más capaz de lograr algo bueno…

Leslie Urdanivia ©
Atlanta, 29 de septiembre del 2014.